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Documento sin título
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DIEGO ARMANDO MARADONA
Maradona


EL ORIGEN
Villa Fiorito, Los Cebollitas, Argentinos Juniors, Selección Argentina
A mí, jugar a la pelota me...
me daba una paz √ļnica.
Empiezo este libro en La Habana. Por fin me decidí a contar todo. No sé, pero siempre me parece que quedan cosas por decir. ¡Qué raro! Con todo lo que ya dije, no estoy seguro de haber contado lo importante, lo más importante.
Acá, por las noches, mientras aprendo a saborear un habano, empiezo a recordar. Es lindo hacerlo cuando uno está bien y cuando a pesar de los errores no tiene de qué arrepentirse.
Es bárbaro recorrer el pasado cuando venís desde muy abajo y sabes que todo lo que fuiste, sos o serás, es nada más que lucha.
¬ŅSaben de d√≥nde vengo? ¬ŅSaben c√≥mo empez√≥ esta historia?
Yo quer√≠a jugar, pero no sab√≠a de qu√© quer√≠a jugar, no sab√≠a... No ten√≠a ni idea. Yo empec√© de defensor. Me gust√≥ siempre y todav√≠a me seduce jugar de l√≠bero, ahora que apenas me dejan tocar una pelota porque tienen miedo de que mi coraz√≥n explote. De l√≠bero miras todo desde atr√°s, la cancha entera est√° delante tuyo, ten√©s la pelota y dec√≠s, pim, salimos para all√°, pum, buscamos por el otro lado, sos el due√Īo del equipo. Pero en aquellos tiempos, ¬°ma' qu√© l√≠bero ni l√≠bero! La cosa era correr atr√°s de la pelota, tenerla, jugar. A m√≠, jugar a la pelota me... me daba una paz √ļnica. Y esa sensaci√≥n ‚ÄĒla misma, la misma‚ÄĒ la tuve siempre, hasta el d√≠a de hoy: a m√≠ dame una pelota y me divierto y protesto y quiero ganar y quiero jugar bien. Dame una pelota y d√©jame hacer lo que yo s√©, en cualquier parte. Porque la gente, la gente es importante, la gente te motiva, pero la gente no est√° adentro de la cancha. Y donde uno se divierte es adentro de la cancha, con la pelota. Eso hac√≠amos en Fiorito y eso mismo hice siempre, aunque estuviera jugando en Wembley o en el Maracan√°, con cien mil personas.
Lo que pasa es que nosotros, en Fiorito, allá en la villa, desafiábamos mucho más que eso. Desafiábamos al sol. Mi vieja, la Tota, que me cuidaba y me mimaba todo el tiempo, me decía: Pelu, si vas a jugar... después de las cinco, cuando caiga el sol. Y yo le contestaba: "Sí, mami, sí, mami, quédate tranquila". Y salíamos a las dos de casa, con mi amigo el Negro, con mi primo Beto o con quien fuera, y a las dos y cuarto ya estábamos jugando, dale que dale, ¡bajo el rayo del sol!, y no nos importaba nada y nos matábamos... A las siete, por ahí, parábamos un rato, pedíamos agua en alguna casa y seguíamos. Jugábamos en la oscuridad, igual. Y ahora por ahí escucho algunos que dicen eh, en tal cancha falta luz, ¡si yo jugaba a oscuras, hiju'e puta! Yo no sé si nosotros éramos chicos de la calle; más vale éramos chicos del potrero. Si los viejos nos buscaban, sabían donde encontrarnos. Ahí estábamos, corriendo detrás de la pelota.
Los sábados y los domingos era así, todo el día. Y los días de semana también, desde las cinco, porque tenía que ir al colegio. Yo iba al Remedios de Escalada de San Martín, justo ahí, frente a la estación Fiorito. Al colegio me lo bancaba porque me lo tenía que bancar, por el hecho de no defraudar a mi viejo y a mi vieja, que me compraban el delantal y me llevaban y porque sospechaba que ahí iba a tener la oportunidad de poder ir a un club o de poder jugar a la pelota. Todo lo que hacía, cada paso que daba, tenía que ver con eso, con la pelota. Si la Tota me mandaba a buscar algo, yo me llevaba cualquier cosa que se pareciera a una pelota para ir jugando con el pie: podía ser una naranja, o bollitos de papel,

o trapos. As√≠ sub√≠a las escaleras del puente sobre las v√≠as, saltando en una pata, la derecha, y llevando lo que fuera en la zurda, tac, tac, tac... As√≠ iba hasta el colegio, tambi√©n, o cuando la Tota me mandaba a hacer alg√ļn mandado. La gente me cruzaba y me miraba, no entend√≠an nada. Los que me conoc√≠an ya no se sorprend√≠an. Eran mis amigos, los pibes con los que compart√≠a todo, hasta una porci√≥n de pizza. S√≠, nos √≠bamos cuatro o cinco a La Blanqueada, al toque de Puente Alsina, donde todav√≠a hoy se hace la mejor pizza del mundo, y nos compr√°bamos una √ļnica porci√≥n entre todos ‚ÄĒpara m√°s no daba‚ÄĒ, y la com√≠amos as√≠, un mordisc√≥n cada uno.
Tengo un recuerdo feliz de mi infancia, aunque si debo definir con una sola palabra a Villa Fiorito, el barrio donde nac√≠ y crec√≠, digo lucha. En Fiorito, si se pod√≠a comer se com√≠a y si no, no. Yo me acuerdo de que en invierno hac√≠a mucho fr√≠o y en verano mucho calor. La nuestra era una casa de tres ambientes, je... Era de material, un lujo: vos pasabas la puerta de alambre de la entrada y ah√≠ hab√≠a como un patio de tierra; despu√©s, la casa. El comedor, donde se cocinaba, se com√≠a, se hac√≠an los deberes, todo, y las dos piezas. A la derecha estaba la de mis viejos; a la izquierda, no m√°s de dos metros por dos, la de los hermanos... De los ocho hermanos. Cuando llov√≠a hab√≠a que andar esquivando las goteras, porque te mojabas m√°s adentro de la casa que afuera. O sea, no es que no ten√≠amos una pileta; no ten√≠amos agua: as√≠ empec√© a hacer pesas yo, con los tachos de veinte litros de aceite YPF. Los us√°bamos para ir a buscar agua hasta la √ļnica canilla que hab√≠a en la cuadra, para que mi vieja pudiera lavar, cocinar, todo. Y para ba√Īarnos tambi√©n: con la ma-no sacabas el agua del tacho y te la pasabas por la cara, por los sobacos, por las bolas, por los tobillos, entre los dedos. Lavarse la cabeza era m√°s complicado, te imaginas, y en invierno m√°s val√≠a zafar.
La verdad, la verdad, no ten√≠amos mucho para divertirnos, pero con mi amigo el Negro hac√≠amos barriletes y los vend√≠amos. Aparte ten√≠a la pelota, claro. La primera pelota que tuve fue el regalo m√°s lindo que me hicieron en mi vida: me la dio mi primo Beto, Beto Z√°rate, hijo de la t√≠a Nena. Era una n√ļmero uno de cuero; yo ten√≠a tres a√Īos y dorm√≠ abraz√°ndola toda la noche.
Yo siempre digo que fui un profesional de chiquito: jugaba para el equipo que primero me venía a llamar; a veces en casa no me dejaban y yo lloraba como loco, pero cinco minutos antes del partidito, la Tota siempre me daba permiso. A don Diego costaba más convencerlo.
Yo lo entend√≠a a mi viejo, ¬Ņc√≥mo no iba a entenderlo si se deslomaba para que pudi√©ramos comer y estudiar? Eso era lo que √©l quer√≠a, que estudiara. Claro, √©l hab√≠a llegado a Fiorito desde Corrientes por el a√Īo '55. Despu√©s que la Tota, eso s√≠. Porque la Tota se vino primero, con mi hermana la Ana, la mayor, al hombro. En Fiorito ya viv√≠a una t√≠a m√≠a, Sara, y fue ella la que le dijo que en Buenos Aires iban a estar mejor. En Esquina se hab√≠a quedado esperando novedades mi viejo, con Rita, mi otra hermana, y mam√° Dora, mi abuela, un fen√≥meno. All√° era lanchero, trabajaba para Don Lupo, Guadalupe Galarza: en barquitos llevaba animales a las islas cuando el r√≠o bajaba y volv√≠an a buscarlos cuando llegaba la creciente, para llevarlos otra vez a los campos. Viv√≠a en el r√≠o, conoc√≠a todos sus secretos. Y todav√≠a los conoce. All√° ten√≠a muchas de las cosas que le gustaban, cosas que compartimos todav√≠a: pesca, asado y f√ļtbol. Es el d√≠a de hoy que una de mis salidas preferidas es la pesca. Nunca nadie har√° un asado m√°s rico que el de mi viejo. Seg√ļn me contaron siempre, jugaba realmente bien al f√ļtbol, le pegaba como una mula. La cosa es que cuando la Tota lo llam√≥, se larg√≥ para Buenos Aires a conseguir un trabajo. Lo

consigui√≥... Bueno, eso de trabajo es un decir: en la molienda Tritumol laburaba desde las cuatro de la ma√Īana hasta las tres de la tarde.
La cosa es que se instalaron como pudieron. No fue f√°cil, ¬Ņeh?, nada f√°cil. Alquilaron una casilla, primero. Despu√©s, se mudaron a otra, un poquito, un poquito, nada m√°s, mejor. Y a lo √ļltimo llegaron a una casita con mucha chapa y madera y algunos ladrillos, cerca de la esquina de Azamor y Mario Bravo. Ah√≠ est√°, todav√≠a de pie, esa casita, casi igual. Ah√≠ nacieron Elsa, Mar√≠a, despu√©s yo, Ra√ļl (el Lalo), Hugo (el Turco) y Claudia (la Caly).
Hab√≠a que laburar mucho para alimentar tantas bocas. Hab√≠a que laburar mucho y mi viejo se mataba. Por eso yo trataba de hacer las menos cagadas posibles, pero... A veces mi viejo cobraba y me compraba zapatillas y yo las romp√≠a enseguida porque jugaba a la pelota todo el d√≠a. ¬°Era para llorar! Y en realidad llor√°bamos, porque encima de que se romp√≠an, mi viejo me fajaba... Pero ojo, no lo cuento para recriminarle... Eran otros tiempos y eran otras costumbres... ¬°Mi viejo no ten√≠a tiempo de hablarme! Y entonces me ten√≠a que pegar. Mi viejo no ten√≠a tiempo para decirme como yo hoy le puedo decir a Dalma o a Gianinna: "Ven√≠, ven√≠ que quiero explicarte esto". Mi viejo ten√≠a que dormir aunque sea un ratito para ir al otro d√≠a a las cuatro de la ma√Īana a la f√°brica, porque si no se pudr√≠a todo en casa y no hab√≠a para comer. Esto lo cuento para que todos sepan que hay muchas familias obligadas a vivir as√≠ y de paso para reconocer que me sirvi√≥ de experiencia, de mucha experiencia. Es el d√≠a de hoy que reconozco a mi viejo, a don Diego, como la persona m√°s buena que conoc√≠ en mi vida, y repito, para ellos, para √©l y para la Tota tambi√©n: si me piden el cielo, se los doy.
Esto es lo que quiero transmitir: a mí se me hizo la piel más dura por lo que viví en Fiorito y después también; pero los sentimientos no me cambiaron nunca. Ni me cambiarán. Cuando digo lo que quiero transmitir estoy diciendo que a los ídolos la gente los tiene en sus casas, bien cerca, pueden tocarlos. No es que los ven por la tele o en las revistas; están ahí... Por eso siempre digo que no soy ni quiero ser ejemplo. En todo caso, para mis hijas sí; a ellas me debo, ellas podrán juzgarme.
La verdad es que, gracias a mi viejo, a m√≠ nunca me falt√≥ de comer. Por eso ten√≠a buenas piernas, aunque era flaquito. En otras casas por ah√≠ los pibes no com√≠an todos los d√≠as, y entonces se cansaban antes que yo. Eso me hac√≠a un poco diferente a los dem√°s: que ten√≠a buenas piernas y que com√≠a. Nunca pens√©, nunca, que hab√≠a nacido para jugar al f√ļtbol, que me iba a pasar todo lo que me pas√≥ despu√©s. Ten√≠a mis sue√Īos, s√≠, como ese que qued√≥ grabado en la televisi√≥n, cuando ya era m√°s conocido y dije que mi sue√Īo... era jugar un Mundial y salir campe√≥n del mundo con Argentina, pero era el mismo sue√Īo de todos los chicos, como cualquiera. Lo que s√≠ sent√≠ fue que con la pelota era diferente a los dem√°s, que en cualquier picado que me pon√≠an lo resolv√≠a, lo ganaba yo siempre. As√≠ como en la vida se elige, en los picados tambi√©n: siempre eligen los dos m√°s grandes y ah√≠ se arma todo. Y bueno, al Pelusita siempre lo eleg√≠an primero en los picados.
Siempre jugábamos a la vuelta de casa, en las Siete Canchitas. Eran unos potreros enormes, algunas canchas tenían arcos y otras no. ¡Las Siete Canchitas, como si fuera uno de esos complejos que hay ahora, con césped sintético y esas cosas! Aquéllas no tenían ni césped ni sintético, pero eran maravillosas para nosotros. Eran de tierra, de tierra bien dura. Cuando empezábamos a correr se levantaba tanto polvillo que parecía que estábamos jugando en Wembley y con neblina.
Una de esas canchitas era la del Estrella Roja, el equipo de mi viejo, donde yo jugaba s√≠ o s√≠. Otra era de Tres Banderas, del pap√° de un amigo m√≠o, el Goyo Carrizo. ¬°Estrella Roja contra Tres Banderas era como Boca contra River! Era muy com√ļn eso, en aquellos

tiempos, y creo que ahora tambi√©n: los padres a los que les gusta mucho el f√ļtbol arman equipos y hacen jugar a los pibes. A veces por plata y todo. La cosa es que nosotros √©ramos el cl√°sico del barrio. Pero con Goyo todo bien. Tan bien que un d√≠a, a mediados del '69, en la escuela donde √©ramos compa√Īeros de grado me dijo:
‚ÄĒDiego, el s√°bado fui a Argentinos Juniors a entrenar y me dijeron que llevara pibes a probarse, ¬Ņquer√©s venir?
‚ÄĒNo s√©, le tengo que preguntar a mi viejo, no s√©...
La verdad era que yo sab√≠a que si le ped√≠a a mi viejo que me llevara era gastar plata en boleto y sacarle a √©l tiempo de descanso. Y eso me frenaba. Pero, claro, como me pasaba siempre cuando algo ten√≠a que ver con mi viejo, le cont√© a mi mam√° que me gustar√≠a ir, que esto y que lo otro... La Tota cumpli√≥, como siempre: le cont√≥ a mi viejo y √©l decidi√≥ que averig√ľemos todo a ver c√≥mo era, que √©l me iba a llevar... ¬°Para qu√©! Sal√≠ corriendo para la casa del Goyo m√°s r√°pido que Ben Johnson. Eran como tres kil√≥metros, ten√≠a que cruzar Las Siete Canchitas, y llegu√© as√≠, sin aire, y le dije: "Goyo, voy, voy, me dejan, ¬Ņcu√°ndo es?". Faltaban unos d√≠as todav√≠a, que para m√≠ fueron como un siglo.
Con mi viejo lo pasamos a buscar a Goyo y a Monta√Īita, otro pibe del barrio que jugaba bien. De Fiorito fueron un mont√≥n de pibes m√°s, pero nosotros tres fuimos juntos y nosotros tres quedamos.
Ya el viaje fue una aventura. Hice por primera vez el trayecto que después iba a repetir miles de veces. Salimos de Fiorito en el verde, como le decíamos al 28, y en Pompeya nos tomamos el 44, para llegar hasta Las Malvinas, que era donde se entrenaba Argentinos en Tronador y Bauness. Juro que para mí cruzar el Puente Alsina era como hoy es pasar el puente de Manhattan, lo juro.
La cosa es que llegamos a Las Malvinas. Había llovido tanto que, cuando por fin estuvimos todos juntos, nos informaron que no se podía jugar para cuidar las canchas. ¡Qué desilusión! Creo que si los pibes nos poníamos a llorar inundábamos todo y ahí sí que no se iba a poder jugar más. Entonces Francis, que es un fenómeno, y manejaba todo ahí, dijo: No se hagan problemas, agarremos el Rastrojero de don Yayo y vamos al Parque Saavedra, que ahí sí vamos a poder jugar.
Francis era Francisco Gregorio Cornejo, el creador de Los Cebollitas, un grupo de chicos de la clase '60 armado para jugar en cuanto torneo se presentara antes de llegar a los 14 a√Īos, que era cuando Argentinos los pod√≠a fichar en la AFA y arrancar con la novena divisi√≥n. Y don Yayo era Jos√© Emilio Trolla, su ayudante, un hombre m√°s o menos de la misma edad que √©l, que era el due√Īo de la camioneta con la que nos llevaban a todas partes.
En el Parque Saavedra armaron dos equipos. En la segunda tanda entramos nosotros y a m√≠ me toc√≥ jugar con Goyo. Aunque siempre hab√≠amos sido rivales, nos entend√≠amos de memoria y les pintamos la cara. Tir√© ca√Īos, taquitos, sombreros, hice un par de goles, no me acuerdo cu√°ntos. Lo que s√≠ me acuerdo fue que Francis le dijo a Goyo que siguiera yendo, que me quer√≠a ver otra vez. Pero lo que √©l no cre√≠a es que de verdad yo tuviera nueve a√Īos. Entonces me encar√≥, con cara seria...
‚ÄĒNene, ¬Ņseguro que sos del sesenta?
‚ÄĒS√≠, don Francis...
‚ÄĒA ver, mostrame los documentos.
‚ÄĒNo, los dej√© en casa...
Era cierto, pero él no me creía. Tiempo después me confesó que pensaba que yo era un enano.

Para esa √©poca ya se hab√≠a hecho amigo de mi viejo, que confiaba en √©l y en don Yayo como si fueran de la familia. Por esa confianza es que yo termino en Argentinos y no en otro equipo. Viviendo donde viv√≠amos podr√≠a haber ido a Independiente o a Lan√ļs... River no creo... Si ahora pudiera elegir me quedar√≠a con Boca, con Boca... Ojo que en aquel tiempo yo, mientras me iba formando como jugador, estaba enamorado de Bochini. Me enamor√© terriblemente y confieso que era de Independiente en la Copa Libertadores, a principios de los setenta, cuando estaba por dar el salto de los Cebollitas a la novena, porque ¬°Bochini me sedujo tanto! Bochini... y Bertoni. Las paredes que tiraban Bochini y Bertoni eran una cosa que me qued√≥ tan grabada que yo las elegir√≠a como las jugadas maestras de la historia del f√ļtbol. Tambi√©n me gustaba el Beto Alonso, porque era zurdo y a m√≠ me parece que, no s√©, los zurdos somos m√°s vistosos. Ah√≠ est√° el caso de Rivelinho, el mejor ejemplo. Creo que eso es lo √ļnico que no tuvo el Bocha: zurda. Pero amagaba con el pie por arriba de la pelota... y los defensores se ca√≠an. Yo pensaba: "No puede ser, no se entiende. Yo engancho para pasar a uno, lo encaro y tengo que correr la pelota para pasarlo". El Bocha no la corr√≠a; hac√≠a as√≠, se inclinaba, y la pelota segu√≠a ah√≠, y los defensores igual se ca√≠an de culo. La verdad, a los 16 a√Īos dec√≠an que me quer√≠a comprar Independiente: en esa √©poca so√Īaba con jugar con el Bocha; despu√©s, se me pas√≥.
Pero yo los miraba a todos, y aprend√≠a. Mientras tanto, con los Cebollitas le √≠bamos ganando a todos los que nos pon√≠an enfrente. Ganamos 136 partidos seguidos, los tengo anotados en un cuaderno que me regalaron Francis y don Yayo. Claudia lo tiene guardado como un tesoro... ¬°Si me contaran los goles que hice ah√≠, tengo m√°s que Pel√©! Pero, claro, eso no se puede probar, aunque yo s√© que los hice. Me acuerdo que perdimos el partido que nos cort√≥ la racha en Navarro, porque nosotros √≠bamos a jugar a todas partes. ¬°Era un equipazo! Ah√≠ fue donde yo empec√© a ser jugador de f√ļtbol, jugador de verdad, porque yo en Fiorito lo que hac√≠a era correr atr√°s de la pelota.
Jugaba siempre de cualquier manera: una vez, hasta con siete puntos de sutura en una mano y todo vendado. Resulta que estábamos por sentarnos a comer con Goyo, en mi casa, y la Tota me pidió que le fuera a buscar un sifón, que no había soda. Nos fuimos corriendo con el Goyo y, cuando volvíamos doblo en la esquina y me pego un porrazo. ¡Un porrazo terrible! Se me reventó el sifón y me hice un tajo enorme en la mano. ¡Para qué! A mí me dolía todo lo que se me venía: el corte, el susto de la Tota, la paliza de mi viejo y sobre todo el partido del día siguiente. Porque era viernes y el sábado teníamos que jugar en Banfield. Me llevaron al hospital, donde pudieron, y me cosieron y me pusieron una venda enorme, parecía La Momia.
Al día siguiente me fui con los pibes en el Rastrojero de don Yayo. Tenía miedo de que Francis no me pusiera y que encima me retara, porque, la verdad, le teníamos un respeto que se parecía bastante al miedo. Ya en el vestuario, la cosa fue que Francis me llamó y me preguntó...
‚ÄĒ¬ŅQu√© le pas√≥ en la mano, Maradona?
‚ÄĒMe ca√≠ y me cort√©, don Francis. Pero puedo jugar...
‚ÄĒ¬ŅQu√©? ¬°Ni loco! Usted as√≠ no puede jugar.
Pegué media vuelta y me volví al banco, donde me estaba cambiando, mordiéndome los labios para no llorar. El Goyo me vio y lo encaró a Francis...
‚ÄĒD√©le, Francis, d√©jelo jugar, aunque sea un ratito. Si Don Diego le dio permiso.
Francis frunci√≥ la cara y gru√Ī√≥ algo as√≠ como ...est√° bien, pero un ratito. A m√≠ me volvi√≥ el alma al cuerpo... No jugu√© un ratito; jugu√© todo el partido: ganamos 7 a 1 y yo hice cinco goles.

En el equipo nuestro estaba el hijo de Perfecto Rodr√≠guez, el Mono Claudio, que era un ocho excepcional. El nueve era Goyo, el diez era yo y el once, P√≥lvora Delgado. Pero el pap√° de Rodr√≠guez estaba muy vinculado con Chacarita, y cuando llegamos a la edad de novena divisi√≥n se llev√≥ al hijo para all√° y nos desarm√≥ el equipo. Francis tuvo que poner a Osvaldo Dalla Buona, que fue uno de mis mejores amigos pero era un picapiedra terrible, y entonces se complicaba la historia. Se complicaba. As√≠ naci√≥ el cl√°sico de inferiores, el Argentinos nuestro contra el Chacarita del Pichi Escudero y el Mono Rodr√≠guez. Ganamos nosotros porque marc√°bamos la diferencia... por la izquierda. Una formaci√≥n t√≠pica era: Ojeda; Trotta, Challe, Chammah, Monta√Īa; Lucero, Dalla Buona, Maradona; Dur√©, Carrizo y Delgado.
De aquellos Cebollitas me quedaron muchas historias que me marcaron para siempre. Ahora que hay tanto l√≠o con lo de las edades, como con los brasile√Īos, que ponen jugadores mayores en los juveniles, debo contar que a m√≠ me pasaba lo mismo, pero al rev√©s: ten√≠a 12 a√Īos, tres menos que los dem√°s, pero Francis igual me pon√≠a, en el banco. Si la cosa iba mal, me mandaba a la cancha. La primera vez fue contra Racing, en la cancha de Sacachispas: faltaba media hora, empat√°bamos cero a cero y no pasaba nada; me mand√≥ a la cancha, hice dos goles y ganamos; el t√©cnico rival, un tal Palomino que lo conoc√≠a muy bien, se acerc√≥ a Francis y le pregunt√≥: ¬ŅC√≥mo es posible que tengas a ese pibe en el banco? Cu√≠dalo, que va a ser un genio. Francis le mostr√≥ los documentos y Palomino no lo pod√≠a creer. Otra vez, contra Boca, hizo lo mismo, pero como en el ambiente de las inferiores ya me conoc√≠an, me cambi√≥ el nombre: me mand√≥ Montanya. Perd√≠amos tres a cero, entr√©, hice un gol, empezamos a apretar y empatamos; el problema fue que mis compa√Īeros me mandaron en cana: ¬°Grande, Diego!, gritaban, hasta que el t√©cnico de Boca se aviv√≥. Fue y lo encar√≥ a Francis: Vos me pusiste a Maradona... Por esta vez pasa, no te voy a protestar el partido. Vos s√≠ que sos un tipo de suerte. Ese chico es maravilloso. Tambi√©n alguna vez qued√© afuera, y no precisamente por una cuesti√≥n de edad: en 1971, cuando fuimos a un campeonato a Uruguay, la primera vez que sal√≠a del pa√≠s. No pude jugar porque me faltaba el documento, ¬°me quer√≠a matar! Pos√© con el equipo, pero con pantalones largos y una cara de bronca que lo dec√≠a todo. Ese a√Īo tambi√©n sali√≥ mi nombre por primera vez en un diario: el martes 28 de septiembre Clar√≠n public√≥ en un recuadro que hab√≠a aparecido un pibe "con porte y clase de crack". Seg√ļn ellos, me llamaba... Caradona. Incre√≠ble, la primera vez que aparece mi nombre y mal escrito. Tambi√©n me llev√≥ Pipo Mancera a la televisi√≥n, para que hiciera jueguito con la pelota en S√°bados Circulares, un programa que ve√≠a todo el mundo en la Argentina.
En realidad, la gente que iba a ver a Argentinos me conoc√≠a, pero no por el nombre. Resulta que un d√≠a yo estaba de alcanzapelotas en un partido de primera, y al vivo de Francis se le ocurri√≥ tirarme una en el entretiempo, para que empezara a hacer jueguito. Yo la recib√≠ y empec√© a darle, como siempre: empeine, muslo, taco, cabeza, hombro, espalda, dale que dale. Francis, vivo, insisto, me empez√≥ a arrear para el centro de la cancha. A m√≠ me daba verg√ľenza, porque los otros chicos no me pod√≠an seguir y me daba cuenta de que la gente ya me estaba mirando. Empezaron a aplaudir y se hizo un cl√°sico. Pero lo m√°s lindo fue una vez en un Argentinos-Boca, en 1970 en la cancha de V√©lez. Hay que imagi-narse que nosotros jug√°bamos toda la semana con un pelota rota, un desastre, as√≠ que cuando llegaba el domingo y ve√≠amos las Pintier oficiales de los partidos de primera, nos brillaban los ojitos... En el entretiempo nos pon√≠amos a jugar. En una de √©sas yo le pego de afuera del √°rea, la pelota rebota y le da en la cabeza a Don Yayo, que estaba al lado del arco. A la gente le llam√≥ la atenci√≥n y se empez√≥ a re√≠r. Don Yayo me devolvi√≥ la pelota y

yo empec√© con el jueguito, tac-tac-tac-tac, y la gente empez√≥ a aplaudir, a aplaudir, volvieron los de primera, el refer√≠, y la gente empez√≥ a gritar: ¬°Que-se-que-de, que-se-que-de, que-se-que-de, que-se-que-de! Era toda la gente: la de Argentinos, pero m√°s todav√≠a la de Boca, la de Boca... Ese es uno de los recuerdos m√°s lindos que tengo de ellos. Creo que ah√≠ empec√© a sentir lo que siento ahora por Boca, ya sab√≠a que alg√ļn d√≠a nos encontrar√≠amos.
Con los Cebollitas perdimos la final del Campeonato Nacional, en R√≠o Tercero, C√≥rdoba. Nos gan√≥ un equipo de Pinto, Santiago del Estero, dirigido por un se√Īor llamado El√≠as Ganem. El hijo de √©l, C√©sar, me vio tan amargado que se me acerc√≥ y me dijo: No llo-res, hermano, si vos vas a ser el mejor jugador del mundo. Todos creen que me regal√≥ su medalla de campe√≥n, pero nada que ver: se la qued√≥ √©l y bien ganada que la ten√≠a.
De ese torneo también hay una foto mía que mucha gente conoce: estoy arrodillado, consolando a un muchacho más grande que lloraba. El muchacho era Alberto Pacheco, jugaba para Corrientes, que había perdido la final contra Entre Ríos. Nos habíamos hecho muy amigos porque papá, como buen correntino, los iba a ver en todos los partidos. Ya desde esa época me gustaba jugar contra River... y ganarle. Recuerdo tres partidos: un 3 a 2, en un cuadrangular en el que también estuvieron Huracán y All Boys, un ¡7 a 1! y, el mejor, un 5 a 4 por la final del Campeonato Evita 1973: si me pongo a buscar un antecedente del gol que le hice a los ingleses, lo encuentro ahí; gambetié a siete y los vacuné.
¬°Ah!, tambi√©n tengo un antecedente en los Cebollitas del otro gol, el de la mano de Dios: en el Parque Saavedra hice un gol con la mano, los contrarios me vieron, y se fueron encima del refer√≠. Al final dio el gol y se arm√≥ un l√≠o b√°rbaro... Yo s√© que no est√° bien, pero una cosa es decirlo en fr√≠o y otra muy distinta tomar la decisi√≥n en la calentura del partido: vos quer√©s llegar a la pelota y la mano se te va sola. Siempre me acuerdo de un arbitro que me anul√≥ un gol que hice con la mano contra V√©lez, muchos a√Īos despu√©s de los Cebollitas y muchos a√Īos antes de M√©xico '86. El me aconsej√≥ que no lo hiciera m√°s; yo le agradec√≠, pero tambi√©n le dije que no le pod√≠a prometer nada. No s√© si √©l habr√° festejado el triunfo contra Inglaterra.
Una semana despu√©s de aquel partido contra River, el presidente de ellos, William Kent, le pidi√≥ a mi viejo que me pusiera precio, que √©l me quer√≠a comprar. Pero mi viejo le ech√≥ flit: Dieguito est√° muy feliz de jugar en Argentinos, le contest√≥. Igual, no fue la √ļltima vez que River me busc√≥.
Por aquellos tiempos también conocí a Jorge Cyterszpiller. El siempre había seguido las inferiores de Argentinos porque tenía un hermano, Juan Eduardo, que parece que la rompía. Pero este chico falleció de una enfermedad terrible, y eso lo golpeó muy duro a Jorge. No volvió más por el club. No volvió hasta que alguien, un amigo, no sé, le contó que en los Cebollitas había surgido un pibe que la rompía... Ese pibe era yo, y Jorge salió de su encierro. Se convirtió en algo así como coordinador de las inferiores, de los más chicos. Cuando teníamos partidos importantes con la novena nos llevaba a su casa para que descansáramos mejor, para que comiéramos más. El vivía en la calle San Blas, en La Paternal, y muchos viernes me quedaba a dormir ahí. Jugábamos al Scrabel, al Estanciero, así empezó la amistad... Yo dormía en la cama de Juan Eduardo, para los Cyterszpiller era como uno más de la familia. Lo del manager y todo eso vendría después, no faltaba mucho.
Cuando River sali√≥ campe√≥n despu√©s de 18 a√Īos ‚ÄĒen el 75‚ÄĒ yo fui alcanzapelotas. Aquella noche, en la cancha de V√©lez, ellos le ganaron a Argentinos 1 a 0, con el famoso gol de Bruno. No jugaron los profesionales por una huelga. Fue el 14 de agosto. ¬°Pude

haber debutado en primera justo un a√Īo antes! Francis le dijo al t√©cnico, que era Francisco Campana, que ya que pon√≠an a los pibes para jugar contra otros pibes, me metiera a m√≠. Pero no, no me puso. Me acuerdo, s√≠, que ataj√≥ el Feo D√≠az, pero a m√≠ no me puso y me qued√© como alcanzapelotas, atr√°s del arco. Estaba Juan Alberto Bad√≠a, el periodista, haciendo notas ah√≠, desde ese lugar.
Veo que todo lo hice muy r√°pido: todos los Cebollitas salimos campeones con la novena; al a√Īo siguiente pas√© a la octava, con el mismo equipo, y cuando llev√°bamos como diez puntos de ventaja, me mandaron a la s√©ptima; en s√©ptima jugu√© dos partidos y me subieron a la quinta; cuatro partidos ah√≠ y enseguida a la tercera; debut√© contra Los Andes, en la cancha de ellos, con un gol; dos partidos m√°s y pum, a la primera. Todo, todo, todo eso nada m√°s que en dos a√Īos y medio.
La verdad, si toda la gente que dice haberme visto debutar en primera fue a la cancha, el partido debi√≥ jugarse en el Maracan√° y no en La Paternal. Lo cierto es que yo ya me entrenaba con la primera en la cancha de Comunicaciones. En la pr√°ctica del martes, se me acerc√≥ el t√©cnico, que era Juan Carlos Montes, y me dijo: Mire que ma√Īana va a ir al banco de primera, ¬Ņeh? A m√≠ no me sal√≠an las palabras, entonces le dije: "¬Ņ¬°Qu√©!? ¬Ņ¬°C√≥mo!?". Y el me repiti√≥: S√≠, va a ir al banco de primera... Y prep√°rese bien porque usted va a entrar. Entonces yo agarr√©, desde ah√≠ mismo, de Comunicaciones, me fui corriendo con el coraz√≥n en la boca para contarle a mi viejo, a mi vieja. Y, claro, le cont√© a la Tota y a los dos se-gundos ya lo sab√≠a todo Fiorito, ¬°todo Fiorito sab√≠a que yo jugaba al otro d√≠a!
Justo para ese d√≠a, Argentinos me hab√≠a empezado a alquilar un departamento en Villa del Parque, en la calle Argerich 2746. Pero todav√≠a ten√≠amos cosas en Fiorito. Adem√°s all√° estaba mi abuela, mam√° Dora, que no quer√≠a saber nada de mudarse. As√≠ que por ah√≠ pasaban todos, mi primo Beto, mi primo Ra√ļl, todos pasaban por la casa de la villa para ver si hab√≠a partido, si jugaba o no. Claro, si ellos me iban a ver hasta en las inferiores. Cuando ten√≠an plata iban; cuando no, no. Igual que yo, bah: a veces no ten√≠a ni para ir a entrenar; llegaba del colegio ‚ÄĒya estaba en la secundaria‚ÄĒ y si no me alcanzaba la plata, mis hermanas casadas ‚ÄĒla Ana y la Kity‚ÄĒ le robaban plata a sus maridos para que yo pudiera ir. ¬°De ida solo!, porque la vuelta me la pagaba Francis. As√≠ hasta que Argentinos me empez√≥ a pagar un vi√°tico, gracias al dirigente Rey, que en paz descanse.
La cosa es que cuando le cont√© a mi primo Beto, el que m√°s quise y m√°s quiero, se larg√≥ a llorar... Pero se larg√≥ a llorar de una manera que no lo pod√≠amos parar. En ese momento yo me di cuenta de que estaba por pasarme algo grande al otro d√≠a. Y tambi√©n de que justo al otro d√≠a, un mi√©rcoles, mi viejo laburaba, as√≠ que no iba a poder estar en eso que tanto hab√≠amos so√Īado juntos. Entonces me prepar√© para ir a la cancha solo.
En realidad, podría haber debutado un mes antes, pero me mandé una... Resulta que en un partido de tercera contra Vélez, en septiembre, el arbitro había sido realmente un desastre. Cuando terminó, me acerqué y le dije, así tranquilamente: "Juez, usted es un fenómeno, tendría que dirigir partidos internacionales". Me dieron cinco fechas por la cabeza y atrasaron el debut.
Cuando lleg√≥ el gran d√≠a, mi√©rcoles 20 de octubre de 1976, hac√≠a un calor b√°rbaro. O eso sent√≠a yo, por lo menos. Me puse la camisa blanca y el pantal√≥n de cordero y turquesa, con la botamanga ancha, ¬°el √ļnico que ten√≠a! ¬ŅQu√© iba a hacer? ¬°No hab√≠a otro! Y yo no reniego de eso, ¬Ņeh? Se hablaba de los premios y todo eso, entonces pensaba: "Bueno, en este partido al suplente le toca algo, y si entra, un poco m√°s". Hac√≠a cuentas: "Por ah√≠, me compro otro pantal√≥n, o algo". Despu√©s perdimos, je, pero igual fue todo muy lindo.

A la ma√Īana, cuando sal√≠, mi vieja me acompa√Ī√≥ hasta la puerta. Voy a rezar por vos, hijo, me dijo. Encima, mi viejo pidi√≥ permiso para salir antes del laburo para irme a ver. No me acuerdo la hora exacta del partido, si fue a las tres o a las cuatro, pero lo que s√≠ recuerdo bien es que antes de salir a la cancha me avisaron que mi viejo hab√≠a llegado a tiempo. Lo primero que me impact√≥ fue ver a la hinchada de Talleres, ¬°hab√≠a cordobeses por todos lados! Nosotros ‚ÄĒlos jugadores de Argentinos, digo‚ÄĒ nos juntamos antes del partido a comer ah√≠ en Jonte y Boyac√°. El cl√°sico bife con pur√©, con la charla t√©cnica de Montes como postre, todo ah√≠. Despu√©s cruzamos caminando hasta la cancha, entre la gente, ¬°no nos conoc√≠a nadie! Y encima eran todos cordobeses. ¬°Soy Taaaeere, Taaaeere, io soy.', gritaban, con su tonada inconfundible. Ellos ten√≠an un equipazo: Ludue√Īa, Oca√Īo, Luis Galv√°n, Oviedo, Valencia, Bravo. Nosotros, bueno, no ten√≠amos tantas figuras. ¬ŅLa verdad? Nos tendr√≠an que haber hecho dieciocho goles... Recuerdo el cuadro de memoria: Munutti; Roma, Pellerano, Gette, Minutti; Fren, Giacobetti, Di Donato; Jorge L√≥pez, Carlos √Ālvarez y Ovelar.
Yo entré por Giacobetti en el segundo tiempo, con el 16 en la espalda, con la camiseta roja cruzada por una banda blanca. ¡Cómo me gustaba esa camiseta! Era como la de River... pero al revés, je.
Los cordobeses nos estaban dando un toque b√°rbaro y a los 27 minutos el Hacha Ludue√Īa hizo el gol. Antes del final del primer tiempo, Montes, que estaba en la otra punta del banco, gir√≥ la cara hacia m√≠ y me clav√≥ la mirada, como pregunt√°ndome: ¬ŅSe anima? Yo le mantuve la mirada y √©sa, creo, fue mi respuesta. Enseguida empec√© con el calentamiento y en el arranque del segundo entr√©. En el borde de la cancha, Montes me dijo: Vaya, Diego, juegue como usted sabe... Y si puede, tire un ca√Īo. Le hice caso: recib√≠ la pelota de espaldas a mi marcador, que era Juan Domingo Patricio Cabrera, le amagu√© y le tir√© la pelota entre las piernas; pas√≥ limpita y enseguida escuch√© el Oooole... de la gente, como una bienvenida. No estuvieron todos los que dicen haber estado, pero las tribunas estaban hasta la manija, no se ve√≠a ni un pedacito de tabl√≥n. Me acuerdo que lo que m√°s me llam√≥ la atenci√≥n fue la falta de espacios; la cancha me parec√≠a chiquita al lado de las de inferiores. Y los golpes grandes. Entre los chicos me hab√≠a acostumbrado a que me cagaran a patadas, pero ac√° aprend√≠ rapidito que ten√≠a que saltar justo; lo gambeteas al tipo, saltas la patada y segu√≠s con la pelota... Si no aprendes eso, a la tercera patada ya no podes seguir. Igual, yo ven√≠a muy fuerte f√≠sicamente, porque el doctor Paladino, Roberto "Cacho" Paladino, nos daba vitaminas, inyecciones, cuidaba nuestra alimentaci√≥n. Creo que gracias a √©l me desarroll√© fuerte y sano. Fuerte y sano. Me hace acordar a lo que pidi√≥ la Tota cuando me bautizaron, el 5 de enero de 1961: Que sea buena persona y que crezca sanito.
Perdí el primer partido, sí, pero arrancaba con Argentinos una larga historia, hermosa, inolvidable. Siempre digo que, futbolísticamente, ese día toqué el cielo con las manos. Por todo, yo sabía que se iniciaba algo muy importante en mi vida. En aquel Nacional jugué diez partidos más, fueron once en total, y también hice dos goles, los primeros de mi carrera: los dos a San Lorenzo de Mar del Plata, en el estadio San Martín, porque el mundialista todavía ni existía, el 14 de noviembre de 1976.
Me empezaron a hacer reportajes, notas. Me acuerdo de una por el t√≠tulo, porque resum√≠a todo lo que me estaba pasando: "A la edad de los cuentos, escucha ovaciones", dec√≠a. Claro, si en tres a√Īos, nada m√°s, hab√≠a pasado de Fiorito a las revistas, a la tele, a los reportajes. Fue todo tan r√°pido como lo cuento ac√°, tal cual. Por eso debe ser que me pon√≠an nervioso las notas. Me gustaban, pero me pon√≠an nervioso. Yo no me la cre√≠a, no me sent√≠a nadie y terminaba diciendo siempre lo mismo: d√≥nde nac√≠, c√≥mo viv√≠ y qu√© jugadores me
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gustaban. Tuve que madurar demasiado r√°pido. Conoc√≠ la envidia de los otros, no la entend√≠a, me encerraba en la pieza y me pon√≠a a llorar. Madur√© de golpe. Me quise comprar todo: camisas, camperas, pantalones, remeras... Me empec√© a cuidar de lo que hablaba pero eso no es tan f√°cil. Nadie se pudo haber imaginado en aquel momento lo que hoy me pasa. Lo m√≠o fue todo muy r√°pido, tan r√°pido que ni siquiera tuve tiempo de sentir envidia por lo que hac√≠an los otros, ¬°si yo lo ten√≠a todo! Qu√© s√© yo, me daba cuenta de que hab√≠a dejado atr√°s una √©poca de grandes esfuerzos, no s√≥lo m√≠os, sino tambi√©n de mi familia. De mi viejo, de su sacrificio para acompa√Īarme todos los d√≠as, cabeceando el sue√Īo en el colectivo. Y ahora yo ten√≠a la posibilidad de tener el auto estacionado en la puerta. Era un Fiat 125 rojo, guarda, ¬Ņeh?
No s√©, me pasaban un mont√≥n de cosas, un mundo todo distinto y todo de golpe. Tan de golpe que aquel sue√Īo m√≠o, jugar en la Selecci√≥n, se cumpli√≥ enseguida, cuando reci√©n ten√≠a once partidos en primera, ¬°once!
Como todo en mi vida, las cosas se iban dando demasiado rápido. Esto pasó a principios del 77, apenas tres meses después de mi debut en Argentinos. Yo estaba con los juveniles y nos entrenábamos contra los mayores. Por eso Menotti, que era el técnico de la Selección mayor, siempre me veía. A mi me había citado don Ernesto Duchini, que era un maestro, un verdadero maestro, y jugábamos contra los grandes, contra Passarella, Houseman, Kempes, ¡todos monstruos!
En una de esas prácticas parece que la rompí, porque el Flaco me habló especialmente a mí. Cada palabra del Flaco era un silencio, dentro mío, sepulcral... Porque el Flaco era, ¡era Dios! Y ahí estaba, me hablaba a mí solo. Me estaba anunciando que iba a jugar en el amistoso contra Hungría, ¡que iba a debutar en el Seleccionado! Esto lo conté una vez y no creo que ahora encuentre palabras distintas para hacerlo...
Cuando termin√≥ la pr√°ctica, Menotti me llam√≥ aparte y me dijo: Maradona, cuando salga de ac√° vaya al hotel a concentrarse. Lo √ļnico que le pido es que no se lo diga a nadie. Si quiere, com√©nteselo a sus padres, pero evite que se entere el periodismo. No me gustar√≠a que se pusiera nervioso.
Lo tom√© con calma. Al d√≠a siguiente, a la ma√Īana, Menotti me volvi√≥ a hablar: Quiero decirle que si el partido se resuelve favorablemente, si el equipo llega a golear, es posible que usted juegue.
Yo segu√≠a tranquilo. No s√© por qu√©, pero el anuncio me puso alegre y no me preocup√≥ para nada. Adem√°s, todo depend√≠a de c√≥mo le fuera al equipo. El domingo 27, el gran d√≠a, el del partido, no desayun√©. Quer√≠a descansar todo el tiempo posible, as√≠ que me levant√© a las once. Me ba√Ī√© y vi televisi√≥n en la pieza del hotel hasta las doce. Despu√©s baj√© y estuve charlando con los muchachos hasta que fuimos a almorzar. Volv√≠ a mi habitaci√≥n y estuve viendo otro rato la televisi√≥n. Salimos para la cancha de Boca a las tres y media de la tarde.
Cuando el micro estacionó en La Bombonera empecé a darme cuenta dónde estaba, qué me sucedía. Vi tanta gente que se acercaba, nos palmeaba y gritaba consejos que empecé a sentir que me temblaban las piernas... ¡Parece mentira el miedo que te puede hacer sentir la gente!
Primero se cambiaron los titulares. Despu√©s nosotros, los suplentes... Cuando aparec√≠ en la cancha y escuch√© la ovaci√≥n del p√ļblico, los gritos, cre√≠ que todos me gritaban a m√≠, que todos miraban a Maradona. La verdad es que nadie me debe haber dado bolilla, pero yo sent√≠ eso.
Empezó el partido y enseguida, penal. Entonces pensé: "Bueno, esto es goleada, prepárate Diego". Pero cuando el arquero lo atajó me di cuenta de que iba a ser muy difícil

que jugara. Al toque llegó el golazo de Bertoni, y el segundo, y el tercero... y cada gol que hacíamos era como si me entrara una hormiga más en el cuerpo. Si la cosa seguía así, iba a entrar, seguro.
Yo estaba sentado al lado de Mouzo; despu√©s segu√≠an Pizzarotti, el doctor Fort y Menotti. Iban veinte minutos del segundo tiempo cuando el Flaco me llam√≥: ¬°Maradona!, ¬°Maradona!, dos veces me llam√≥. Me levant√© y fui hasta donde √©l estaba. Me di cuenta de que iba a jugar. Va a entrar por Luque, me dijo Menotti. Haga lo que sabe, est√© tranquilo y mu√©vase por toda la cancha. ¬ŅEstamos? Eso me dio coraje. Empec√© a correr haciendo precalentamiento y ah√≠ fue cuando o√≠ que la tribuna coreaba mi nombre. ¬°Maradoo√≥, Mara-doo√≥! No s√© qu√© me pas√≥. Me temblaron las piernas y las manos. Era un ruido b√°rbaro: la tribuna gritaba, lo que me hab√≠a dicho Menotti me sonaba en la cabeza, el Japon√©s P√©rez me alentaba: ¬°Vamos, Diego, con fuerza!, y todo se mezclaba. Lo digo honestamente: ten√≠a un julepe b√°rbaro.
La toqu√© enseguida. Sac√≥ Gatti para Gallego y el Tolo me la dio a m√≠, de una. Lo hizo a prop√≥sito, me di cuenta de que era una gran muestra de compa√Īerismo. Me la dio r√°pido para que tomara confianza, para que tuviera la pelota. Fue ah√≠ cuando lo dej√© solo a Houseman con un pase entre dos h√ļngaros. Entonces me seren√© del todo. Me alentaba Villa, me cuidaba Gallego, Carrascosa me gritaba ¬°buena, buena! aunque no la hiciera bien.
Termin√≥ el partido y el primer abrazo lo recib√≠ de Gallego: ¬°As√≠ te quiero ver siempre, Diego! ¬°As√≠! Me parec√≠a mentira. Hab√≠a pasado todo. Me fui a casa con pap√° y con Jorge Cyterszpiller. Cen√© y prend√≠ la televisi√≥n para ver el partido. Me di cuenta de que me hab√≠a equivocado varias veces. Le di una pelota a Bertoni a la derecha, y el que estaba solo en la otra punta era Felman; quise gambetear a un h√ļngaro y la enganch√© muy corta: me acord√© de que en ese momento pens√© hacerla larga y despu√©s me arrepent√≠; vi la patada que me dio un h√ļngaro sin la pelota, pero por televisi√≥n duele menos. Despu√©s me fui a dormir. No so√Ī√© nada. Dorm√≠ como nunca.
Ya estaba instalado definitivamente en la casita de la calle Argerich, con toda mi familia. Era una t√≠pica casa de barrio, propiedad horizontal. Nosotros viv√≠amos al fondo y adelante estaba la familia Villafa√Īe: don Coco, taxista y fan√°tico de Argentinos, do√Īa Pochi, ama de casa, y... la Claudia. Creo que nos empezamos a mirar desde el primer d√≠a, cuando me instal√© ah√≠, en octubre del 76. Ella me miraba por la ventana cada vez que yo sal√≠a y yo me hac√≠a el boludo, pero siempre la relojeaba. Eso s√≠: reci√©n me le anim√© casi ocho meses despu√©s. Exactamente el 28 de junio de 1977. Fui a bailar a un cl√°sico del barrio: el Social y Deportivo Parque. Ah√≠, sobre las baldosas de la cancha de papi, las mismas en las que jugaban todos los monstruitos que despu√©s terminar√≠an en Argentinos, se armaban unos bailongos b√°rbaros. Despu√©s de las dos de la ma√Īana empezaban los lentos y √©se era el gran momento. Yo estacion√© mi Fiat 125 rojo en la puerta y me mand√©... Ella estaba adentro, con sus compa√Īeras del colegio, iba al quinto a√Īo comercial. Los dos sab√≠amos que nos espi√°bamos, as√≠ que apenas la cabeci√©, acept√≥. Justo, justo en el momento en que empezamos a bailar, ni nos hab√≠amos saludado todav√≠a, meten el tema "Yo te propongo", de Roberto Carlos... ¬°Espectacular! Me ahorr√≥ todas las palabras, que justamente no me sobraban. A partir de ah√≠, a partir de ese momento exacto, somos El Diego y La Claudia. Y no sabemos vivir el uno sin el otro... Bueno, ella se tuvo que acostumbrar a algunas cosas. Y no hablo de las concentraciones precisamente: una vez yo volv√≠ muy tarde, casi de d√≠a. Ni dorm√≠: me ba√Ī√© y me fui a entrenar. Mi viejo me escuch√≥, pero no me dijo nada... Al mediod√≠a, cuando volv√≠, lo veo a mi viejo habl√°ndole a la Claudia, casi a los gritos: ¬°Vos no podes hacerlo acostar tan tarde al nene, lo ten√©s que
cuidar un poco más, él tiene que ir al entrenamiento! Yo quería que me tragara la tierra: esa noche no había salido con la Claudia.

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